Una enorme y brillantísima luna se abre paso por entre los tejados. Bajo ella, un jirón de nube rosa: va cayendo la tarde y yo sigo entrenando para ese cometido que nadie me ha encargado. Suena Lana y me desdibujo entre migajas de nostalgia irremediable.
Desde hace casi diez años no tengo televisor en casa y, sin embargo, desde que recuerdo (tal vez desde hace unos treinta años), lo primero que hago al despertarme y lo último que hago al irme a la cama es accionar la rueda de volumen de mi transistor a pilas. Tanto es así, que en muchos casos he tenido que cambiar de aparato por el mero desgaste de sus muescas. La ondas, como he recordado intensamente desde el jueves pasado, en el que se celebró el día mundial de la radio, me acompañan a todas horas. Y lo hacen en un diálogo constante en el que caben la aprobación, la postura encontrada, el debate y el más simple y puro entretenimiento. Rebusco en mi pasado y me vienen a la memoria mis primeras películas recomendadas por Teófilo el Necrófilo, los magacines culturales, los programas de misterio y charla de la madrugada, los acertijos de las emisiones que bordeaban el amanecer... Y más tarde, la generosa invitación de mis amigos de SER Henares a participar, de una manera u...
Lana y la luna, así pasa lo que pasa.
ResponderEliminarHay cosas que no nos conciernen.
Todo encaja. ¡Abrazos!
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