De gustibus non disputandum, decían los romanos, así que lo que
menos me importa de Parásitos es el
debate mundial que se ha creado sobre su calidad y sobre el merecimiento de sus
premios; poco me importan, del mismo modo, las comparaciones con otras
películas no estadounidenses de los últimos años (o de este mismo año) que, en
cuanto a méritos artísticos, bien pudieron arrasar también en todos los certámenes
internacionales y, muy especialmente, en los Oscars.
Lo que me parece relevante y, sin
lugar a dudas, digno de mención, es su feroz y lucidísimo retrato de los usos y
costumbres occidentales (sí, sí: Occidente, desde la globalización, puede
ubicarse en cualquier punto del planeta). El mensaje del filme es, si realizamos
una mínima autocrítica, demoledor: para mantener nuestro estatus, en las
sociedades actuales seguimos necesitando degradar a una parte más que
significativa de la población cuya presencia a nuestro alrededor, por
añadidura, nos resulta, cuanto menos, incómoda. ¿De verdad, y no hace falta
recurrir a ninguna utopía, no se pueden explorar a estas alturas otros modelos
de crecimiento y convivencia? Los acontecimientos se precipitan y, convendrán
ustedes conmigo, no estamos a la altura como especie. La solidaridad constituye
nuestra última posibilidad de redención.
(LVEM)
Comentarios
Publicar un comentario