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Desde hace casi diez años no tengo televisor en casa y, sin embargo, desde que recuerdo (tal vez hace ya unos treinta años), lo primero que hago al despertarme y lo último que hago al irme a la cama es accionar la rueda de volumen de mi transistor a pilas. Tanto es así, que en muchos casos he tenido que cambiar de aparato por el mero desgaste de sus muescas.
La ondas, como he recordado intensamente desde el jueves pasado, en el que se celebró el día mundial de la radio, me acompañan a todas horas. Y lo hacen en un diálogo constante en el que caben la aprobación, la postura encontrada, el debate y el más simple y puro entretenimiento. Rebusco en mi pasado y me vienen a la memoria mis primeras películas recomendadas por Teófilo el Necrófilo, los magacines culturales, los programas de misterio y charla de la madrugada, los acertijos de las emisiones que bordeaban el amanecer... Y más tarde, la generosa invitación de mis amigos de SER Henares a participar, de una manera u otra, pero siempre de forma estable, en el Hoy por Hoy Henares. Qué honor este y qué gratitud la que me provoca: ¿quién me lo iba a decir a mí, cuando me aprendía, sin saber casi de nada sobre el mundo todavía, cuñas enteras, cuando esperaba con avidez el siguiente boletín informativo, cuando jugaba a retransmitir mis partidas de chapas y de fútbol, mis juegos infantiles de soldados y carreras de coches de miniaturas?
Ahora que los tiempos cambian más que nunca (y no del todo bien, creo yo, en el ámbito de las comunicaciones), que el sabor inconfundible de la radio perdure para siempre en nuestras vidas.



(LVEM)

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