En determinado momento de su
carrera, Rembrandt decidió explorar su propio arte y dejar de regalar la mirada
a los que se presentaban en su taller como meros clientes interesados en sus
retratos. De esa dignidad surgen no pocos problemas (como los que le plantean
ante el gremio de pintores aquellos que no se sienten satisfechos con la
evolución de los trazos que observan en los primeros estadios de las obras
encargadas), penurias económicas (derivadas en buena parte del olvido en vida
al que, poco a poco, lo van abocando sus contemporáneos y discípulos neerlandeses,
perfectísimos en la técnica y complacientes con los pagadores) y, por encima de
todo, unos rasgos de estilo nada benevolentes, duros, penetrantes, turbadores,
únicos, geniales, que lo distinguirán de todos sus contemporáneos y lo convertirán,
con el paso de los siglos, en referente universal del arte.
Soberbia es, así pues, la
exposición sobre Rembrandt y el retrato en Ámsterdam (1590-1670) que desde hace
unos días y hasta finales de mayo se puede visitar en el Thyssen-Bornemisza de
Madrid; una muestra imprescindible de unas décadas en las que, como siempre y
como nunca, la pujanza económica y la honestidad artística mantuvieron un tenso
diálogo, nunca exento de exigencias contrapuestas.
(LVEM)
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