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Mostrando entradas de diciembre, 2019
Escribieron en los muros una advertencia para ti. Pero no estaba en tu lengua, o no prestaste atención o, simplemente, te la tomaste a broma.
Te dejas arrastrar. La marea no cesa y tú ya has decidido abandonar toda resistencia: no hay braceo  ni esfuerzo que compense tanta saña de galerna y hundimiento.
Siempre queda la música. O, al menos, la emoción que nos dejó la música. O, al menos, el recuerdo de la emoción que nos dejó la música. O, al menos, el deseo de recordar la emoción que nos dejó la música.
Buscamos en el sitio equivocado, pero es que los demás son demasiado burdos, tan evidentes que no encajan con nuestro afán de estar heridos.
Último día de trabajo de mi padre, regalos de los compañeros por su jubilación; mientras, el claustro del instituto juega a reconocerse en un ramillete de fotos infantiles. Nítidas, pero extrañas, constataciones de una vejez en ciernes y de una juventud perdida por completo.
El otoño ha sido  muy lluvioso en Talaván: verdor entre las encinas, rocas hechas trazo de acuarela; silencio de domingo y tejados somnolientos.
Estación de servicio cerca de Talavera. Autovía de espaldas a una negrura infinita de campo y granjas solo intuidas. La noche llama desde la profundidad de un vientre húmedo y congelado; sopla un viento familiar, perfectamente reconocible. Olor a bestia y tierra, a diésel industrial y raíz centenaria. Entramos en la cafetería y me extraña que el no lugar , impersonal e inerte, pueda ubicarse en un punto tan cargado de rasgos únicos.
Observo el cadáver: está tendido en la cama y una suave luz de diciembre le sirve, al tiempo, de iluminación y bruma. Lleva calcetines blancos y un pijama gris oscuro. Tiene un tono de apagada lividez, la boca muy hundida y el gesto ligeramente encrespado, impersonal.  Su viuda y su hija le han cruzado las manos sobre el pecho y dicen que todavía no está frío, pero lo comparan con otros cuerpos que han conocido y coinciden en que su temperatura ha bajado mucho más rápido. Yo pienso que eso debe de corresponderse con la edad del pobre abuelo (noventa y uno, nada menos) y, sobre todo, me demoro en estudiar la inmovilidad definitiva de la piel. Sé que resulta muy pueril, pero siempre me ha llamado la atención que nada lata en esa carne exenta de vida, como si, dentro de un plazo razonable, aún fuera factible notar a simple vista, de repente, algún gesto vital que revirtiera la situación. Mañana será el entierro en el corazón de Cáceres.
Me acerco el violín a la mejilla. Prefiero las cuerdas graves, pero qué gloriosos los agudos cuando cantan redondos y limpios. El sonido de la madera te atraviesa el cuerpo; abres la piel a cada nota, te acompasas con el compañero: su línea es también la tuya.  Y el canto es transparente, efímero, gozosamente innecesario.
Un constante ejercicio de perplejidad estéril: no consiste en otra cosa la condena del escritor. De nuevo topas con el contrapasso y a él te encomiendas.
Avanzo siempre a paso de tortuga: ¿por qué seré siempre tan remolón, tan ineficiente? ¿Me reencarnaré, una vez vuelto al polvo el polvo de este cuerpo, en alguien de provecho? Esa es   mi única esperanza.
El día se despierta entre brumas. Fuera hace frío y la niebla no deja vislumbrar el Ecce Homo. Huele a tostadas y a café en casa. Fiesta artificial, de las desplazadas: domingo superpuesto a un lunes plomizo que solo por azar se salva de la rutina. Estoy a punto de enviar un manuscrito y de atar algún otro, pero mi pregunta sigue siendo la misma: ¿para qué esta montonera de palabras? Ya son demasiados años de repetición inane.
La sincera impudicia de los diarios está, sin duda, sobrevalorada. El autor, de hecho, no suele querer exhibir otra cosa que no sea agudeza o, a lo sumo, pretensión de empatía. Lo demás, al cajón: para más tarde, para los quiméricos exégetas que imagina en sus delirios de grandeza. Y lo digo por experiencia, no se crean.
Entono un aleluya limpio y claro, tan sincero como puede serlo una interjección humana. Y retumba el vacío, y el vacío me devuelve su eco helado.
Compro en Capitel el Schevill-Bonilla, la misma tarde en que me hago, de segunda mano, con algunos deuvedés de ciencia ficción. Me mueve el fetichismo: para mí, sin objeto no existe el contenido. Soy muy primario. Especie en  lenta (o no tanto) extinción.
En todo hay una sombra del pasado. O tal vez no; tal vez no hay nada allí, solo nuestro deseo de haber trascendido a la más absoluta irrelevancia.
Finges que todavía queda margen, pero ni tú mismo te crees la impostura. Solo cabe la inercia, y eso ya es mucho en tu caso. Contra toda esperanza que provenga de una superchería. A lúcido contrapié de la consolación bobalicona.
Con qué tenacidad se nos aferran a la piel las nostalgias (y, sin embargo, todo está a un plumazo de no ser ni siquiera el resto de un olvido).
Entro. 1 de diciembre. Salgo.  Reiteración de bucles y clichés. Para eso estamos, para servirles a todos ustedes. Y que sea por muchos años. O no.