Observo el cadáver: está tendido en la cama y una suave luz de diciembre le sirve, al tiempo, de iluminación y bruma. Lleva calcetines blancos y un pijama gris oscuro. Tiene un tono de apagada lividez, la boca muy hundida y el gesto ligeramente encrespado, impersonal. Su viuda y su hija le han cruzado las manos sobre el pecho y dicen que todavía no está frío, pero lo comparan con otros cuerpos que han conocido y coinciden en que su temperatura ha bajado mucho más rápido. Yo pienso que eso debe de corresponderse con la edad del pobre abuelo (noventa y uno, nada menos) y, sobre todo, me demoro en estudiar la inmovilidad definitiva de la piel. Sé que resulta muy pueril, pero siempre me ha llamado la atención que nada lata en esa carne exenta de vida, como si, dentro de un plazo razonable, aún fuera factible notar a simple vista, de repente, algún gesto vital que revirtiera la situación. Mañana será el entierro en el corazón de Cáceres.