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Mostrando entradas de enero, 2020
No sé qué opinarán ustedes, pero creo que, más allá de cualquier otra consideración cinematográfica, política o social, Mientras dure la guerra , de Alejandro Amenabar, demuestra que el cine español haría bien en nutrirse de las biografías de nuestros escritores fundamentales. Y no me refiero a la mera acumulación de biopics complacientes (algo a lo que ni siquiera hemos aspirado en décadas), sino a largometrajes que exploraran el quehacer artístico y las tensiones, contradicciones y convicciones vitales de los autores que han marcado las letras peninsulares en estos dos últimos siglos: no hace falta, ni siquiera, remontarse más allá, no es necesario acudir a los recursos de la cinematografía de época para conseguir propiciar el debate y reanimar el interés de los lectores (y, sobre todo, de los no lectores) por su obra y su legado intelectual. ¿Quieren que repasemos una lista, elaborada solo a vuelapluma? Allá vamos: ¿qué reflejaría mejor el siglo XIX que un buen ramillete de p...
Te equivocas si piensas que todo está aguardándote. Te equivocas, en la misma medida, si crees que el mundo va a esquivarte.
Parece ser que en unas semanas viajaré de nuevo a París. Hace años, casi dos décadas, mi primera visita supuso un punto de inflexión: fue uno y volvió otro. 
Tengo la sensación (puede que la certeza) de haber atravesado una línea invisible. Desde aquí todo se estrecha: la luz pinta añoranza donde solo debería dibujarse a sí misma la propia luz.
Una enorme y brillantísima luna se abre paso por entre los tejados. Bajo ella, un jirón de nube rosa: va cayendo la tarde y yo sigo entrenando para ese cometido que nadie me ha encargado. Suena Lana y me desdibujo entre migajas de nostalgia irremediable.
Como si la realidad nos esperase: así entramos, por inercia y errónea educación, en todo lugar y tiempo. Como si no fuésemos huérfanos y ajenos, como si perteneciésemos y fuéramos pertenecidos .
Quisiera que estas notas (en realidad, que estas y todas, las manuscritas y las encuadernadas) sirvieran para algo. Remo, pero un poco más allá de mi perspectiva ni siquiera hay ni canoa ni pala ni agua.
Me gusta que me cuenten historias. Que me cuenten historias simples, extrañísimas, redondas, poliédricas, circulares e inconclusas. Me gusta el tono que adquiere la voz ajena al contar una historia. Me gusta el tono que adquiere mi oído al escuchar una historia. Me gusta que una historia se me olvide. Me gusta no poder olvidar una historia. Me gustan la parafernalia y el susurro, me gustan las manos que dibujan y escriben, que envuelven y desenvuelven. Me gusta imaginar los cuerpos dentro de la historia: su peso, su dinámica, su gesto y su silencio, el roce de sus pies con el piso, el vuelo de sus brazos en la brisa, en la ceniza y en la sábana. Me gustan la claridad y la interferencia, la primera y la última página, la primera y la última sílaba, el extraño intervalo en el que solo se presenta como posible la ficción. LVEM, 13 de enero de 2019 
Se trata, al fin y al cabo, de sostenerse ante el desgaste. Las suelas pisan tablones quebradizos, no hay viga que soporte a estas alturas el hartazgo de haber presenciado, sea en una u otra versión, lo suficiente y más de lo suficiente.
2020 da sus primeros pasos, balbucea, tantea los espacios. Se mueve lento, todavía no niega ni promete. Una cosa, sin embargo, ya me ha dejado clara: no va a permitirme la pereza. Esbozo, trabajo, no descanso. Letra a letra, siempre y a pesar de todo.