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 Pienso en el futuro.  Por una vez no enfoco lo pasado: el valor del recuerdo es incalculable, pero no es menor la riqueza que alberga el porvenir.
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Reconozco el pasillo: es el pasillo de siempre, no podría ser otro.  Pero esta luz que lo ilumina es diferente. Nunca había sido tan claro el resplandor, nunca tan nítida y redonda y verdadera la certeza.
 Hasta el fondo del dolor llegué en su momento. Quiero buscar ahora los límites contrarios, pero puede, es muy probable, que yo mismo me lo impida.
 Y claro que habrá lágrimas: ha de ser parecido                   a todo alumbramiento.
 Ahora le toca el turno a la alegría. Siempre pensé que esa exploración me estaba vedada.  Un paso más allá se abre la luz.
 Tal vez porque ayer fue un día hermoso, hoy todo parece muchísimo más triste, más frágil, más banal.
 El jueves envié una buena remesa de libros. Confío en eso lectores; sé que les gustarán los versos que les mando; pero también soy consciente de mi limitación: no hay mayor prueba de mi miedo, no podría concebirse una partida más burdamente amañada de antemano.
 La fiebre, el escalofrío, la torpe sensación de estar en otra parte mientras el cuerpo se queda varado en la humedad pegajosa de las sábanas.
 Qué hermosa es tu manera de cruzar las piernas cuando explicas algo que te apasiona. Bailas al ritmo de las ideas; vas dejando en el aire un rastro de convicción y música.
 Al final de este bloc me encuentro garabatos infantiles: mi hija los ha dejado allí sin un propósito, pero resultan mucho más valiosos que cualquier verso, mucho más honrados y puros y brillantes que mis quejas.
En unos pocos meses, si no hay imprevistos (cualquiera sabe, tal y como anda de alegre la guadaña en estos tiempos), cumpliré cuarenta. Me marea pensarlo; me apena, aunque no me gusta admitirlo, haber constatado ya que el viaje solo será de ida y siempre hacia mucho peor, pasando por las estaciones más dolorosas en el trayecto.  No me consuela demasiado, también lo admito con sinceridad absoluta, ser otro sapiens  más que constata, con frío crepuscular, su final inminente.
Supongo que tras tanto tiempo de silencio, me debo una disculpa; pero no por el parón, sino por la dudosa decisión de romper a hablar de nuevo.
Hoy, día 29 de febrero de 2020, he tomado la decisión de iniciar un paréntesis de silencio creativo. Desde este punto, solo la inercia de lo comprometido y lo casi terminado. No más: por ahora, aquí me quedo.
En determinado momento de su carrera, Rembrandt decidió explorar su propio arte y dejar de regalar la mirada a los que se presentaban en su taller como meros clientes interesados en sus retratos. De esa dignidad surgen no pocos problemas (como los que le plantean ante el gremio de pintores aquellos que no se sienten satisfechos con la evolución de los trazos que observan en los primeros estadios de las obras encargadas), penurias económicas (derivadas en buena parte del olvido en vida al que, poco a poco, lo van abocando sus contemporáneos y discípulos neerlandeses, perfectísimos en la técnica y complacientes con los pagadores) y, por encima de todo, unos rasgos de estilo nada benevolentes, duros, penetrantes, turbadores, únicos, geniales, que lo distinguirán de todos sus contemporáneos y lo convertirán, con el paso de los siglos, en referente universal del arte. Soberbia es, así pues, la exposición sobre Rembrandt y el retrato en Ámsterdam (1590-1670) que desde hace unos días y ...
En el Corral, Rojo estándar : tierna, deslumbrante, llena de chispa. Un regalo nada ordinario para el alma.
Quiero bajar el telón, pero el mecanismo parece estropeado.  Algo se le atraganta y tendré que tirar de él a brazo limpio, o a dentelladas, si es necesario. Pero debo cerrarlo, es mi única obligación, el único deber que concibo. He de darle carpetazo final a la función. Qué exactas eran, al cabo,  las dimensiones del teatro.
Senderos de gloria . Aparece Kirk Douglas en pantalla (las manos en la jofaina, el agua tratando de lavar la angustia que trasciende el rostro, el cuerpo encerrado en un recodo invivible de la trinchera) y Kubrik ya tiene, cincelado de presencia y aplomo, en un solo plano, el personaje mítico que terminará de redondear, tres años más tarde, en la épica Espartaco. Douglas encarna al héroe íntegro, casi homérico, al humano infrecuente que hace, a través de la equidad, del honor su más alto ideal y único objetivo personal. Madama Butterfly . Mirella Freni no desespera. Viste con dignidad inquebrantable su ajado kimono, y deambula, aunque todavía se niega a admitirlo, por las ruinas de su mundo y su deseo. Su alto sentido de la justicia, su confianza en la fidelidad, en la entraña más noble del ser humano, la ha arrinconado en lo alto de la nada. Pero ella espera, espera, espera. Un hermoso día llegará su recompensa, y lo canta a los cuatro vientos, lo canta a aquellos que aún no la ...
Desde hace casi diez años no tengo televisor en casa y, sin embargo, desde que recuerdo (tal vez hace ya unos treinta años), lo primero que hago al despertarme y lo último que hago al irme a la cama es accionar la rueda de volumen de mi transistor a pilas. Tanto es así, que en muchos casos he tenido que cambiar de aparato por el mero desgaste de sus muescas. La ondas, como he recordado intensamente desde el jueves pasado, en el que se celebró el día mundial de la radio, me acompañan a todas horas. Y lo hacen en un diálogo constante en el que caben la aprobación, la postura encontrada, el debate y el más simple y puro entretenimiento. Rebusco en mi pasado y me vienen a la memoria mis primeras películas recomendadas por Teófilo el Necrófilo, los magacines culturales, los programas de misterio y charla de la madrugada, los acertijos de las emisiones que bordeaban el amanecer... Y más tarde, la generosa invitación de mis amigos de SER Henares a participar, de una manera u otra, pero ...
De gustibus non disputandum , decían los romanos, así que lo que menos me importa de Parásitos es el debate mundial que se ha creado sobre su calidad y sobre el merecimiento de sus premios; poco me importan, del mismo modo, las comparaciones con otras películas no estadounidenses de los últimos años (o de este mismo año) que, en cuanto a méritos artísticos, bien pudieron arrasar también en todos los certámenes internacionales y, muy especialmente, en los Oscars. Lo que me parece relevante y, sin lugar a dudas, digno de mención, es su feroz y lucidísimo retrato de los usos y costumbres occidentales (sí, sí: Occidente, desde la globalización, puede ubicarse en cualquier punto del planeta). El mensaje del filme es, si realizamos una mínima autocrítica, demoledor: para mantener nuestro estatus, en las sociedades actuales seguimos necesitando degradar a una parte más que significativa de la población cuya presencia a nuestro alrededor, por añadidura, nos resulta, cuanto menos, incómo...
Desde hace casi diez años no tengo televisor en casa y, sin embargo, desde que recuerdo (tal vez desde hace unos treinta años), lo primero que hago al despertarme y lo último que hago al irme a la cama es accionar la rueda de volumen de mi transistor a pilas. Tanto es así, que en muchos casos he tenido que cambiar de aparato por el mero desgaste de sus muescas. La ondas, como he recordado intensamente desde el jueves pasado, en el que se celebró el día mundial de la radio, me acompañan a todas horas. Y lo hacen en un diálogo constante en el que caben la aprobación, la postura encontrada, el debate y el más simple y puro entretenimiento. Rebusco en mi pasado y me vienen a la memoria mis primeras películas recomendadas por Teófilo el Necrófilo, los magacines culturales, los programas de misterio y charla de la madrugada, los acertijos de las emisiones que bordeaban el amanecer...  Y más tarde, la generosa invitación de mis amigos de SER Henares a participar, de una manera u...
Reinvención de un arte olvidado: la triple profundidad de los poemas de Maeve Ratón Con el tiempo he llegado al convencimiento de que la poesía que merece la pena se basa en tres coordenadas de apariencia sencilla: mirada única, dicción relevante y, sobre todo, por encima de todas las cosas, honestidad sin cortapisas. Ahora que nadie observa nada, ahora que repugnan la clarividencia y sus incómodas admoniciones, ahora que toda experiencia privada (tan banal o más que las de antaño) se intermedia y expone a los cuatro vientos, ahora que la sabiduría se nos vende, edulcorada y boba, en tazas y camisetas, debe imponerse, más que nunca, la necesidad de alzar voces poéticas que trasciendan la anécdota somera. ¿De qué puede servir añadirle sucedáneo al sucedáneo, de qué calificar de poema lo que no pasa de ser una facecia reciclada y reciclable? Poco a poco hemos ceñido nuestras neuronas a un puñadito de caracteres, a la droguita dulce de los zumbidos, las notificaciones, los ...
No sé qué opinarán ustedes, pero creo que, más allá de cualquier otra consideración cinematográfica, política o social, Mientras dure la guerra , de Alejandro Amenabar, demuestra que el cine español haría bien en nutrirse de las biografías de nuestros escritores fundamentales. Y no me refiero a la mera acumulación de biopics complacientes (algo a lo que ni siquiera hemos aspirado en décadas), sino a largometrajes que exploraran el quehacer artístico y las tensiones, contradicciones y convicciones vitales de los autores que han marcado las letras peninsulares en estos dos últimos siglos: no hace falta, ni siquiera, remontarse más allá, no es necesario acudir a los recursos de la cinematografía de época para conseguir propiciar el debate y reanimar el interés de los lectores (y, sobre todo, de los no lectores) por su obra y su legado intelectual. ¿Quieren que repasemos una lista, elaborada solo a vuelapluma? Allá vamos: ¿qué reflejaría mejor el siglo XIX que un buen ramillete de p...
Te equivocas si piensas que todo está aguardándote. Te equivocas, en la misma medida, si crees que el mundo va a esquivarte.
Parece ser que en unas semanas viajaré de nuevo a París. Hace años, casi dos décadas, mi primera visita supuso un punto de inflexión: fue uno y volvió otro. 
Tengo la sensación (puede que la certeza) de haber atravesado una línea invisible. Desde aquí todo se estrecha: la luz pinta añoranza donde solo debería dibujarse a sí misma la propia luz.
Una enorme y brillantísima luna se abre paso por entre los tejados. Bajo ella, un jirón de nube rosa: va cayendo la tarde y yo sigo entrenando para ese cometido que nadie me ha encargado. Suena Lana y me desdibujo entre migajas de nostalgia irremediable.
Como si la realidad nos esperase: así entramos, por inercia y errónea educación, en todo lugar y tiempo. Como si no fuésemos huérfanos y ajenos, como si perteneciésemos y fuéramos pertenecidos .
Quisiera que estas notas (en realidad, que estas y todas, las manuscritas y las encuadernadas) sirvieran para algo. Remo, pero un poco más allá de mi perspectiva ni siquiera hay ni canoa ni pala ni agua.
Me gusta que me cuenten historias. Que me cuenten historias simples, extrañísimas, redondas, poliédricas, circulares e inconclusas. Me gusta el tono que adquiere la voz ajena al contar una historia. Me gusta el tono que adquiere mi oído al escuchar una historia. Me gusta que una historia se me olvide. Me gusta no poder olvidar una historia. Me gustan la parafernalia y el susurro, me gustan las manos que dibujan y escriben, que envuelven y desenvuelven. Me gusta imaginar los cuerpos dentro de la historia: su peso, su dinámica, su gesto y su silencio, el roce de sus pies con el piso, el vuelo de sus brazos en la brisa, en la ceniza y en la sábana. Me gustan la claridad y la interferencia, la primera y la última página, la primera y la última sílaba, el extraño intervalo en el que solo se presenta como posible la ficción. LVEM, 13 de enero de 2019 
Se trata, al fin y al cabo, de sostenerse ante el desgaste. Las suelas pisan tablones quebradizos, no hay viga que soporte a estas alturas el hartazgo de haber presenciado, sea en una u otra versión, lo suficiente y más de lo suficiente.
2020 da sus primeros pasos, balbucea, tantea los espacios. Se mueve lento, todavía no niega ni promete. Una cosa, sin embargo, ya me ha dejado clara: no va a permitirme la pereza. Esbozo, trabajo, no descanso. Letra a letra, siempre y a pesar de todo.
Escribieron en los muros una advertencia para ti. Pero no estaba en tu lengua, o no prestaste atención o, simplemente, te la tomaste a broma.
Te dejas arrastrar. La marea no cesa y tú ya has decidido abandonar toda resistencia: no hay braceo  ni esfuerzo que compense tanta saña de galerna y hundimiento.
Siempre queda la música. O, al menos, la emoción que nos dejó la música. O, al menos, el recuerdo de la emoción que nos dejó la música. O, al menos, el deseo de recordar la emoción que nos dejó la música.
Buscamos en el sitio equivocado, pero es que los demás son demasiado burdos, tan evidentes que no encajan con nuestro afán de estar heridos.
Último día de trabajo de mi padre, regalos de los compañeros por su jubilación; mientras, el claustro del instituto juega a reconocerse en un ramillete de fotos infantiles. Nítidas, pero extrañas, constataciones de una vejez en ciernes y de una juventud perdida por completo.
El otoño ha sido  muy lluvioso en Talaván: verdor entre las encinas, rocas hechas trazo de acuarela; silencio de domingo y tejados somnolientos.
Estación de servicio cerca de Talavera. Autovía de espaldas a una negrura infinita de campo y granjas solo intuidas. La noche llama desde la profundidad de un vientre húmedo y congelado; sopla un viento familiar, perfectamente reconocible. Olor a bestia y tierra, a diésel industrial y raíz centenaria. Entramos en la cafetería y me extraña que el no lugar , impersonal e inerte, pueda ubicarse en un punto tan cargado de rasgos únicos.
Observo el cadáver: está tendido en la cama y una suave luz de diciembre le sirve, al tiempo, de iluminación y bruma. Lleva calcetines blancos y un pijama gris oscuro. Tiene un tono de apagada lividez, la boca muy hundida y el gesto ligeramente encrespado, impersonal.  Su viuda y su hija le han cruzado las manos sobre el pecho y dicen que todavía no está frío, pero lo comparan con otros cuerpos que han conocido y coinciden en que su temperatura ha bajado mucho más rápido. Yo pienso que eso debe de corresponderse con la edad del pobre abuelo (noventa y uno, nada menos) y, sobre todo, me demoro en estudiar la inmovilidad definitiva de la piel. Sé que resulta muy pueril, pero siempre me ha llamado la atención que nada lata en esa carne exenta de vida, como si, dentro de un plazo razonable, aún fuera factible notar a simple vista, de repente, algún gesto vital que revirtiera la situación. Mañana será el entierro en el corazón de Cáceres.
Me acerco el violín a la mejilla. Prefiero las cuerdas graves, pero qué gloriosos los agudos cuando cantan redondos y limpios. El sonido de la madera te atraviesa el cuerpo; abres la piel a cada nota, te acompasas con el compañero: su línea es también la tuya.  Y el canto es transparente, efímero, gozosamente innecesario.
Un constante ejercicio de perplejidad estéril: no consiste en otra cosa la condena del escritor. De nuevo topas con el contrapasso y a él te encomiendas.
Avanzo siempre a paso de tortuga: ¿por qué seré siempre tan remolón, tan ineficiente? ¿Me reencarnaré, una vez vuelto al polvo el polvo de este cuerpo, en alguien de provecho? Esa es   mi única esperanza.
El día se despierta entre brumas. Fuera hace frío y la niebla no deja vislumbrar el Ecce Homo. Huele a tostadas y a café en casa. Fiesta artificial, de las desplazadas: domingo superpuesto a un lunes plomizo que solo por azar se salva de la rutina. Estoy a punto de enviar un manuscrito y de atar algún otro, pero mi pregunta sigue siendo la misma: ¿para qué esta montonera de palabras? Ya son demasiados años de repetición inane.
La sincera impudicia de los diarios está, sin duda, sobrevalorada. El autor, de hecho, no suele querer exhibir otra cosa que no sea agudeza o, a lo sumo, pretensión de empatía. Lo demás, al cajón: para más tarde, para los quiméricos exégetas que imagina en sus delirios de grandeza. Y lo digo por experiencia, no se crean.
Entono un aleluya limpio y claro, tan sincero como puede serlo una interjección humana. Y retumba el vacío, y el vacío me devuelve su eco helado.
Compro en Capitel el Schevill-Bonilla, la misma tarde en que me hago, de segunda mano, con algunos deuvedés de ciencia ficción. Me mueve el fetichismo: para mí, sin objeto no existe el contenido. Soy muy primario. Especie en  lenta (o no tanto) extinción.
En todo hay una sombra del pasado. O tal vez no; tal vez no hay nada allí, solo nuestro deseo de haber trascendido a la más absoluta irrelevancia.
Finges que todavía queda margen, pero ni tú mismo te crees la impostura. Solo cabe la inercia, y eso ya es mucho en tu caso. Contra toda esperanza que provenga de una superchería. A lúcido contrapié de la consolación bobalicona.
Con qué tenacidad se nos aferran a la piel las nostalgias (y, sin embargo, todo está a un plumazo de no ser ni siquiera el resto de un olvido).
Entro. 1 de diciembre. Salgo.  Reiteración de bucles y clichés. Para eso estamos, para servirles a todos ustedes. Y que sea por muchos años. O no.